MANDO UNICO POLICIAL, PELIGROSA E
INUTIL INICIATIVA
Por Raúl Ramírez Baena*
En la reciente
reunión de la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) se acordó junto con
el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, presentar al Congreso
de manera prioritaria la reforma a la Carta Magna para crear policías únicas en
cada entidad, quitando la función de Seguridad Pública a los municipios.
Una propuesta así
desnaturaliza al Federalismo
mexicano, cuyo núcleo principal es el Municipio Libre. Dice la exposición de
motivos de la reforma al Artículo 115 Constitucional de 1999: “La índole social y natural del municipio
como unidad política, administrativa y territorial, de nuestra vida nacional
(…)”. Y sigue: “(…) devolviéndole al
municipio la función principal del gobierno directo de la comunidad básica, en
virtud de que éste es una comunidad social que posee territorio y capacidad
política, jurídica y administrativa (…)”. Se refuerza así la autonomía
municipal con respecto a los gobiernos federal y estatal y se combate al centralismo, mal del sistema político
mexicano.
Las fracciones II y
III del Artículo 115 otorgan a los municipios personalidad jurídica propia,
facultades plenas para manejar su patrimonio, expedir los bandos de policía,
reglamentos, circulares y disposiciones administrativas, y para tener bajo su
cargo las funciones y servicios públicos, que incluyen la “seguridad pública”,
todo ello “en los términos del Artículo
21 de esta Constitución”.
La Conago y el
Ejecutivo Federal no consideran que el primer contacto de un gobierno con los
ciudadanos para atender sus demandas y necesidades es el Ayuntamiento, y el
primer contacto del Ayuntamiento con las comunidades es la policía municipal,
cuyos integrantes surgen de éstas. Por tanto, son los Ayuntamientos los que
mejor pueden establecer la comunicación y las acciones sociales, de
infraestructura, de seguridad y de servicios urbanos requeridos para la
reconstrucción del tejido social.
La propuesta de
policía estatal única afecta al Municipio Libre; es regresiva, pragmática y
reactiva, con una visión punitiva más que de desarrollo humano. No va al fondo
del conflicto generado por el modelo neoliberal de desarrollo, como es el
retiro gradual del Estado de sus responsabilidades para satisfacer los derechos
fundamentales y demandas sociales, dejando esas funciones a un mercado voraz;
espacios públicos invadidos por la simbiosis políticos-inversionistas-corrupción-impunidad.
El crimen, además de
que infiltra a policías y autoridades de los tres órdenes de gobierno, financia
campañas electorales incluso de gobernadores, ha penetrado el tejido social y a
las comunidades rurales y urbanas, encontrando en las comunidades en
descomposición social y en los jóvenes sin futuro (ninis) el caldo de cultivo ideal
para el negocio de las drogas, ofreciéndoles algo que el Estado es incapaz de
generar: Trabajo e ingreso remunerado, por supuesto ilegal y efímero, alentado
por la cultura de la violencia, que
se manifiesta mediante la pérdida de valores y principios democráticos y de la
identidad cultural.
Lo anterior explica,
en parte, el impune “cobro de piso” a agricultores, comerciantes, empresarios y
habitantes en las regiones en las que el crimen “gobierna”, ya que ha penetrado
la estructura del poder político y la economía. ¿Esto se combate con policías
centralizados bajo un solo mando estatal? Nada que ver.
¿Cómo pretenden
combatir al narco, la violencia y la criminalidad con un mando estatal
centralizado si antes no se han resuelto problemas estructurales como son la
infiltración en las corporaciones, la corrupción, la impunidad, la pobreza y
las violaciones graves a los derechos humanos, sobre todo por las policías
estatales, federales y las fuerzas armadas?
El Estado no
construye ciudadanía democrática y participativa; no da voz ni escucha al
ciudadano y sus demandas a pesar de las “elecciones”, impone sus políticas
punitivas y de fuerza, una gradual y peligrosa militarización de la vida civil
y avanza en la suspensión de los derechos civiles y la criminalización de la
protesta social, basado en una política de miedo como mecanismo de control
social. Ello puede agudizarse con el mando único.
El Estado promueve el
estigma de que los policías municipales son los corruptos y responsables de
todos los males, por lo que hay que “limpiar” y “depurar” a las corporaciones, en
lugar de respetar sus derechos.
Llama la atención
que la Conago, importante espacio para la construcción de políticas públicas,
no le enmiende la plana al presidente, no sea capaz de hacer contrapesos y un
análisis serio y científico sobre las causas que originan la inseguridad y el
crimen. ¿Cómo es posible que los gobernadores no reaccionen sobre los 72 mil
muertos registrados durante los años 2014 y 2015, según datos del Sistema
Nacional de Seguridad Pública?
Entonces, ¿qué
motivación hay en los gobernadores? Hacerse de más poder mediante una fuerza
policial bajo su mando, que amplía sus controles económico, político, social e
incluso electoral. En algunos estados, las Policías Estatales Preventivas se
convierten en grupos de choque y de impunidad al servicio del gobernador en turno,
que entorpecen a las policías municipales. En 2015, el Ejecutivo Federal
dispuso de una bolsa de $2 mil 700 millones de pesos para los estados que se
acogieran al mando único.
Otro punto de
conflicto a generar con el mando único en estados como Guerrero, Oaxaca,
Chiapas y Michoacán, son las policías comunitarias basadas en usos y costumbres
indígenas y las fuerzas de autodefensa. Estos grupos ciudadanos querrán ser
sometidos a la policía estatal (de hecho ya está sucediendo) cuando México es
un país con una clara identidad pluriétnica y pluricultural. Por supuesto, van
a resistirse a la imposición centralizada.
*Director
de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste
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