LOS NORMALISTAS,
MUERTOS POR DECRETO OFICIAL
Por Raúl Ramírez Baena*
“La versión de que los
normalistas fueron asesinados
no es una verdad
histórica, es una versión oficial…”
José Manuel
Vivanco, Human Rights Watch
En la víspera de la evaluación al Estado Mexicano en el
Comité contra la Desaparición Forzada de Personas de la ONU, Enrique Peña Nieto
se muestra desesperado al enviar al cansado Procurador Jesús Murillo Karam a
decretar, así nomás, la conclusión de que los 42 estudiantes de Ayotzinapa están
muertos y punto.
Para acallar las protestas por el carpetazo, dice el
Procurador que el caso sigue abierto. Si, abierto, pero muertos los jóvenes,
según él. Precisamente cuando arriban al país los expertos enviados por la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que auxiliarán en las investigaciones;
cuando hacen falta resultados de los estudios que se realizan en Austria y las
conclusiones de los peritos argentinos.
Peña Neto lanza al país sendos mensajes, primero, para “superar”
el asunto de Iguala y, ahora, sobre la necesidad de no quedar “atrapados” en él,
no sin antes asegurar que el gobierno de la República desplegó un “esfuerzo sin
precedente” de búsqueda e investigación de los normalistas. “Tenemos que
asumirnos en el derrotero de seguir caminando para asegurar que México tenga un
mejor porvenir”, expresó.
Pero el decreto de
facto va más allá: Según el gobierno, el ejército no tuvo naditita que ver
en el asunto de Iguala. Para el gobierno de la República, las fuerzas armadas son
instituciones puras e incólumes, a pesar de las múltiples violaciones graves a
los derechos humanos documentadas, cometidas por las fuerzas armadas desde el
68 hasta la fecha. Esto, precisamente cuando las ONG de derechos humanos
acudirán a Ginebra a principios de febrero a denunciar la falta de
investigación a las autoridades militares en los sucesos que arrojaron el
crimen y desaparición de los normalistas.
Es curioso, Murillo Karam basa la “verdad histórica” del caso
Ayotzinapa, principalmente en las declaraciones de los detenidos, pero no da
crédito a las declaraciones de las víctimas que salvaron la vida, acerca de la
presencia del ejército en los hechos de Iguala.
El carpetazo de Peña Nieto pretende deslindar al Estado
Mexicano de su responsabilidad en la desaparición forzada de los jóvenes. A los
presuntos perpetradores de este crimen (autoridades locales, municipales y
estatales del “opositor” PRD, y miembros de Guerreros Unidos), algunos
presumiblemente torturados, se les consigna por delitos graves como secuestro, homicidio,
delincuencia organizada y otros, pero no por la “desaparición forzada” de los normalistas,
porque implicaría reconocer la acción, omisión o aquiescencia del Estado Mexicano
en los hechos. Ello, a pesar de que México es Estado Parte de la Convención Internacional para la Protección
de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas.
Lamentablemente, México no reconoce aún la competencia del
Comité sobre Desapariciones Forzadas de la ONU para recibir comunicaciones
(quejas o denuncias) de particulares y de ONG, para que se investigue y se recomiende
al Estado Mexicano en caso de responsabilidad oficial.
De reconocer el gobierno de Peña Nieto la desaparición
forzada de los normalistas el expediente no se podría cerrar, porque es un delito continuo que no prescribe sino a
partir de que se conoce el paradero de las personas desaparecidas. Por su parte
y haciendo uso de sus atribuciones constitucionales, la CNDH ha abierto la
investigación correspondiente por considerar el caso una “violación grave a los
derechos humanos”.
Hay varios asuntos que exigen la urgente atención de Peña
Nieto, y para ello requiere la desactivación del caso Ayotzinapa, que le hace
mucho ruido al interior y al exterior del país: El inicio del período de
sesiones en el Congreso donde los senadores y diputados tendrán que debatir y
votar las iniciativas enviadas a finales del año pasado por el Ejecutivo
Federal, sobre todo en materia de Seguridad y Justicia. Un revés sería fatal a
estas alturas, sobre todo lo relativo al inútil y riesgoso Mando Único Policial
y con ello la estocada al Pacto Federal, al plantear la posibilidad de
desaparecer ayuntamientos.
Otro asunto que le quita el sueño al presidente son las
elecciones federales para renovar la Cámara de Diputados federal. Como están
las cosas, Peña Nieto no se puede dar el lujo de perder la mayoría priísta y de
sus aliados en el Congreso, necesaria para aprobar las iniciativas que den
fortaleza a su proyecto de Nación.
Hay otros focos rojos que Peña no ha podido apagar, como Tlatlaya,
Michoacán, sus casas y la del Secretario de Hacienda, las denuncias presentadas
por ONG como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, WOLA, la Federación
Internacional de Derechos Humanos y Freedom House, la caída del ingreso
familia, los señalamientos de corrupción y la baja de su popularidad desplegados
en la prensa nacional e internacional y en las redes sociales. No las trae
todas consigo apenas en el primer tercio de su administración.
Una apuesta riesgosa de Peña Nieto consiste en orillar a la
radicalización de los padres de los normalistas para aislarlos, vincularlos a
la violencia generalizada y provocar el repudio de la población, así como el
desprestigio del movimiento de solidaridad con Ayotzinapa ante la opinión pública,
echando mano de los inefables medios electrónicos afines que muestran una y mil
veces actos de violencia asociados a las legítimas protestas, descalificando de
paso a los maestros de la Ceteg y la CNTE (Carlos Loret de Mola dixit).
La falta de sensibilidad y empatía del régimen peñista politizó
el tema Ayotzinapa y no le permite entender que los familiares de las personas
desaparecidas lo último que quieren saber es que están muertas, mientras no se
conozca con certeza jurídica su paradero; certeza absoluta, no decreto oficial
de muerte.
*Director de
la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste
Enero de 2015
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